El nuevo extremo de Tierra del Fuego

Escrito por: Joaquín Sabaté

La geografía se nos muestra en Tierra del Fuego en un estado puro que nos remite al concepto de un paisaje extremo: la idea de vastedad, de pisar el confín de un continente que se ha roto en pequeños fragmentos, de estar en un territorio de frontera. Incluso en verano el viento es gélido y Tierra del Fuego puede alcanzar temperaturas muy bajas, mostrar cambios continuos, de fuertes vientos a calma total, o de un sol espléndido a aguaceros intempestivos. Los cielos modifican continuamente su aspecto, y en invierno la temperatura baja a menudo de cero grados. Un paseo por el territorio nos remite a una idea de infinitud, nos muestra un horizonte llano, cuyo límite apenas se puede distinguir, por lejano y por aquel sol escaso y oblicuo, que cuando brilla lo hace con una luz cegadora que se prolonga en ocasiones durante horas. Muchos habitantes se protegen de los rayos que atraviesan el temido agujero de la capa de ozono, supuestamente localizado en el cielo austral. Pocos caminos surcan aquellas extensiones, y al recorrerlos uno descubre la belleza del vacío, la sensación de soledad absoluta, de imaginar que se pisa un territorio por vez primera, aún sabiendo que muchas culturas lo han fertilizado. Si alguien deja atrás los pocos núcleos poblados, los vestigios de toda actividad humana parecen desaparecer.

La singularidad del clima; la rotunda belleza de la geografía; la lejanía y aislamiento al sur de la tierra firme, último territorio poblado de forma permanente; la vastedad de las perspectivas y la enorme longitud de las sombras; la atracción fatal que ejerció sobre tantos viajeros de allende los mares, que siglos atrás querían descubrir esta tierra incógnita, “cerrar” el recorrido alrededor del mundo; o que desde capitales lejanas querían alcanzar este sur lejano y mítico; las singulares condiciones de vida y la historia de tantos establecimientos fracasados; la práctica desaparición de los vestigios de sucesivas culturas que lo enriquecieron; frente al enorme esfuerzo de estudiosos como Darwin, De Agostini, Martín Gusinde por rescatarlas en documentos extraordinarios; la percepción de inmensidad, de vacío…; todo nos remite a la imagen de un paisaje extremo, de hecho un paisaje cultural extremo.

Porque se trata de un paisaje cultural, aunque al observador no avezado le cueste distinguir las huellas superpuestas de sucesivas culturas.               Pero conviene aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de paisaje cultural, y ver hasta qué punto Tierra del Fuego se ajusta a las definiciones habituales.

En tantas ocasiones se identifica paisaje cultural con las categorías utilizadas por la Unesco o por el National Park Service. Este último define cuatro tipos de paisajes culturales: los relacionados con un acontecimiento, una actividad o un personaje; los proyectados por profesionales; los que evolucionan con el uso (granjas históricas, aldeas, complejos industriales, paisajes agrícolas)1 y los etnográficos (sitios sagrados, estructuras geológicas). Pero Tierra del Fuego no encaja estrictamente en ninguna de estas cuatro categorías.

Según Unesco los paisajes culturales son bienes culturales que representan las “obras conjuntas del hombre y la naturaleza”, que ilustran la evolución de la sociedad y de los asentamientos humanos a lo largo de los años, bajo la influencia de las limitaciones y/o de las ventajas que presenta el entorno natural y de fuerzas sociales, económicas y culturales sucesivas, internas y externas. Esta institución establece tres categorías de paisajes culturales (relativamente similares a las del National Park Service): los creados intencionadamente por el hombre; los que evolucionan orgánicamente y están estrechamente vinculados a un modo de vida tradicional; y los asociativos, que remiten a evocaciones artísticas, religiosas o culturales, en relación con lo natural.2

Podríamos convenir que Tierra del Fuego no encuentra fácil acomodo en ninguna de estas tres categorías; ni reúne las condiciones de integridad y autenticidad que exige Unesco, ni siquiera cuenta, de momento, con un sistema de protección y gestión adecuado que garantice su salvaguarda. La valoración de los procesos de nominación lleva a pensar en las considerables dificultades para demostrar el cumplimiento de algunos de los diez criterios exigidos por Unesco, o de justificar respecto a los mismos, su excepcional valor universal.3

Pero quizás ni siquiera le convenga a Tierra del Fuego una nominación universal. Sus vestigios difícilmente perceptibles; su valor como territorio escasamente hollado, una de las últimas fronteras; la belleza del vacío y del silencio, que a su vez supone una notable fragilidad; las condiciones climáticas y geográficas tan singulares; la atracción mágica que ha ejercido sobre viajeros y aventureros de todos los tiempos; su aislamiento y baja densidad poblacional, constituyen motivos más que suficientes para reclamar el reconocimiento a su extraordinario valor e interés como paisaje cultural extremo.

Por ello resulta mucho más útil remontarnos a las primeras definiciones de paisaje cultural. Éstas las podemos rastrear en escritos de historiadores o geógrafos alemanes y franceses de finales del XIX; desde los alegatos deterministas de Friedrich Ratzel; la atención que Otto Schlütter reclama sobre la idea landschaft como área definida por una inter-relación armoniosa y uniforme de elementos físicos; a la interpretación de la incidencia mutua entre naturaleza y humanidad de Vidal de la Blaché. Otros sociólogos y filósofos franceses (Emile Durkheim, Frédéric Le Play) defendieron la relación entre formas culturales de vida y territorios acotados, en definitiva entre paisaje y paisanaje.4

Para Forman y Godron5 habrían cinco tipos de paisajes culturales: paisajes naturales, paisajes manejados, paisajes cultivados, paisajes suburbanos y paisajes urbanos, “definidos por el tipo, grado e intensidad de la actividad humana que los afecta”.6

Pero frente a estas complejas categorías, conviene recordar que ya en La morfología del paisaje (1925)7 el geógrafo alemán Carl Sauer define paisaje cultural como el resultado de la acción de un grupo social sobre un paisaje natural. La cultura es el agente, lo natural, el medio; el paisaje cultural el resultado. Sauer y los geógrafos de la escuela de Berkeley devuelven la idea de paisaje como una imagen compuesta a un territorio, un lugar concreto, caracterizado por una cultura coherente y estable. Desarrollan una metodología inductiva para comprender y poner en valor territorios históricos (recopilación de datos, mapas antiguos, relatos de viajeros, títulos de propiedad, encuestas…). Sauer nos habla de una relación cambiante entre hábitat y hábitos, en definitiva entre paisaje y paisanaje. El legado de Sauer sigue siendo plenamente vigente ya que nos acerca a esa interpretación tan actual de paisaje cultural como el registro del hombre sobre el territorio; como un texto que se puede escribir e interpretar.

Convengamos una definición algo más sencilla: paisaje cultural es un ámbito geográfico asociado a un evento, a una actividad o a un personaje histórico, que contiene valores estéticos y culturales. En recientes artículos y trabajos hemos adoptado una definición instrumental, bastante menos ortodoxa, pero seguramente más hermosa y más útil en este caso: paisaje cultural es la huella del trabajo sobre el territorio, algo así como un memorial al trabajador desconocido.8

Y es en dicho sentido que reivindicamos la condición de paisaje cultural extremo para Tierra del Fuego, como un territorio que, a pesar de que a veces no resulte tan evidente para el visitante común, ha sido intensamente moldeado por el trabajo del hombre, que lo ha convertido en tierra de posesión. Y precisamente su condición de extremo implica numerosas dificultades cuando se quieren desvelar esas historias que atesora, cuando se pretende atraer la atención de estudiosos y viajeros a este finis terrae que tanto atrajo la atención de viajeros y estudiosos ilustres siglos atrás.

¿Cómo proceder en situaciones como ésta, en un paisaje cultural extremo? ¿Cómo mostrar las huellas que la nieve, el viento y el paso de los años se empeñan en borrar?

En este cometido la noción de palimpsesto puede resultar bien útil. Decíamos que un paisaje cultural es un registro del trabajo del hombre sobre el territorio, entendiendo dicho territorio como un libro abierto, un texto que se puede escribir una y otra vez, y puede ser interpretado. Hablábamos de un palimpsesto por tanto. De hecho un palimpsesto no es otra cosa que un manuscrito que conserva huellas de una escritura anterior, escritura que ha sido borrada para dar lugar a la que ahora existe.9 Dicha práctica es bien antigua, y frecuente desde el siglo VII, por las dificultades que ofrecía el comercio del papiro egipcio, o más adelante por la escasez del pergamino. Un palimpsesto es un texto que se puede escribir una y otra vez y puede ser interpretado, es un conjunto de narraciones sucesivas. Pero más que la definición literal interesa la metáfora que encierra este concepto, cuando nos referimos al territorio como palimpsesto, en el sentido que lo hacen Corboz y otros autores.

Así André Corboz10 se refiere a una construcción territorial cargada de “huellas y lecturas pasadas” resultado, podríamos añadir, de voluntades propositivas, en ocasiones “proyectuales”. El territorio no es un objeto o un dato, sino el resultado activo de diversos procesos. En Tierra del Fuego algunos son de carácter natural (glaciaciones, erosión) y le afectan durante largos períodos debido a la inestabilidad de la morfología terrestre. Pero además el territorio sufre en ocasiones modificaciones importantes por parte del hombre, que lo remodela sin cesar. Y en muchas ocasiones las huellas de estas intervenciones son borradas por otras posteriores, o se muestran con tal levedad, que resultan inapreciables a los ojos de un observador no entrenado, que cree natural, aquello que es un artificio.11 Como dicha intervención es continua “…el territorio hace las veces de construcción. Es una especie de artefacto. Por consiguiente, constituye también un producto”.

Pero dado que el territorio debe ser percibido como tal, es necesaria que sus cualidades sean reconocidas, y debe ser considerado también un proyecto, necesario de aplicar al territorio para pasar de un estado a otro, en un cierto período de tiempo, con posibilidades de éxito. Por ello defendemos que para intervenir hay que analizar cuidadosamente el territorio a partir de su estructura formal, de su imagen física y de su construcción histórica; aprender a leer el paisaje heredado como un compendio de la historia de sucesivas culturas.12

Es desde esta perspectiva que conviene abordar la lectura e interpretación del territorio de Tierra del Fuego, como un palimpsesto, un libro sobre el que sucesivas culturas han ido escribiendo y dejando sus huellas; y otras culturas posteriores han intervenido reescribiéndolo, y tantas veces manipulando, o borrando vestigios anteriores; un libro donde la fuerza de la naturaleza ha alterado también sustancialmente dicha escritura, cubriéndola de nieve periódicamente, o erosionándola con el viento y las aguas. El resultado es el paisaje cultural extremo que hoy percibimos.

 

1. El National Park Service define así los cuatro tipos de paisajes culturales que gestiona: Historic Site: Paisaje significativo por su relación con un acontecimiento histórico, una actividad o un personaje (campos de batalla, propiedades y casas presidenciales). Historic Designed Landscape: Paisaje proyectado por un paisajista, un maestro jardinero, un arquitecto o un horticultor, de acuerdo con ciertos principios de diseño, o por un jardinero aficionado trabajando según un estilo o tradición reconocidos. Dicho paisaje se puede asociar con una persona, una tendencia o un acontecimiento significativo en la arquitectura del paisaje, o ilustrar un desarrollo importante en la teoría y la práctica de la arquitectura del paisaje (parques y campus). Historic Vernacular Landscape: Paisaje que ha evolucionado con el uso de la gente, cuyas actividades y ocupación le dieron forma (granjas históricas, aldeas rurales, complejos industriales, paisajes agrícolas).

Ethnographic Landscape: Paisaje que contiene diversos elementos naturales y culturales, que la gente, esencialmente sus habitantes, reconoce como recursos patrimoniales (sitios sagrados, estructuras geológicas).

2. Unesco distingue tres categorías de paisajes culturales: Clearly Defined Landscape: Paisaje creado por el hombre (jardines, parques…), a menudo asociado con edificios religiosos y monumentos. Organically Evolved Landscape: Paisaje surgido por motivos sociales, económicos, administrativos o religiosos, que evoluciona en relación y como respuesta al marco natural. Estos paisajes reflejan dicho proceso de evolución en su forma y componentes. Associative Cultural Landscape: Paisaje que muestra una potente asociación cultural, religiosa o artística con elementos naturales, más que una clara evidencia física, generalmente insignificante, o incluso ausente.

3. Los criterios para la nominación de un ámbito como patrimonio de la Humanidad son los siguientes:

a) Representar una obra maestra del genio creador humano.

b) Atestiguar un intercambio de valores humanos considerable, durante un periodo concreto o en un área cultural del mundo determinada, en los ámbitos de la arquitectura o la tecnología, las artes monumentales, la planificación urbana o la creación de paisajes.

c) Aportar un testimonio único, o al menos excepcional, sobre una tradición cultural o una civilización viva o desaparecida.

d) Ser un ejemplo eminentemente representativo de un tipo de construcción o de conjunto arquitectónico o tecnológico, o de paisaje que ilustre uno o varios periodos significativos de la historia humana.

e) Ser un ejemplo destacado de formas tradicionales de asentamiento humano o de utilización de la tierra o del mar, representativas de una cultura (o de varias culturas), o de interacción del hombre con el medio, sobre todo cuando éste se ha vuelto vulnerable debido al impacto provocado por cambios irreversibles.

f) Estar directa o materialmente asociado con acontecimientos o tradiciones vivas, ideas, creencias u obras artísticas y literarias que tengan una importancia universal excepcional.

g) Representar fenómenos naturales o áreas de belleza natural e importancia estética excepcionales.

h) Ser ejemplos eminentemente representativos de las grandes fases de la historia de la tierra, incluido el testimonio de la vida, de procesos geológicos en curso en la evolución de las formas terrestres o de elementos geomórficos o fisiográficos significativos.

i) Ser ejemplos eminentemente representativos de procesos ecológicos y biológicos en curso en la evolución y el desarrollo de los ecosistemas terrestres, acuáticos, costeros y marinos y las comunidades de vegetales y animales terrestres, acuáticos, costeros y marinos.

j) Contener los hábitats naturales más representativos y más importantes para la conservación in situ de la diversidad biológica, comprendidos aquellos en los que sobreviven especies amenazadas que tienen un valor universal excepcional desde el punto de vista de la ciencia o de la conservación.

4. Sabaté Joaquín: De la preservación del patrimonio a la ordenación del paisaje. En: Identidades nº 1. Barcelona, 2005.

5. Forman, Richard T.T. y Godron Michael: Landscape ecology. New York: John Wiley and Sons, 1986.

6. Para el tema, ver: Gastó, Juan y Subercaseaux, Diego: Dimensión ecológica del paisaje cultural en el siglo XX. En: revista Talca, N° 4, agosto 2010.

7. Sauer, Carl: La Morfología del Paisaje. University of California Publications in Geography. Vol. 2, No. 2, pp. 19-53. October 12, 1925. Traducción de Guillermo Castro H.

8. Sabaté, Joaquín:

  • Paisajes culturales y proyecto territorial, En: El paisaje en la cultura contemporánea (pp. 249-273). Editorial Biblioteca Nueva, Colección “Teoría y Paisaje”. Madrid, 2008.
  • De la preservación del patrimonio a la ordenación del paisaje y paisajes culturales en Cataluña: el eje patrimonial del río Llobregat, En: El paisaje y la gestión del territorio. Criterios paisajísticos en la ordenación del territorio y el urbanismo (pp. 329-342). Consorcio Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Barcelona. Diputación de Barcelona. Barcelona, 2006. ISBN: 84-9803-144-3.
  • Algunas pautas metodológicas en el proyecto de un parque patrimonial y Proyecto de Parque Agrario del Baix Llobregat, En: Manual de gestión del paisaje. Ariel, Barcelona, 2008 (en prensa).
  • Territories without discourse, landscapes without imaginary, challenges and dilemmas, En First Architecture, Art and Landscape Biennial (pp. 339-341). Gobierno de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 2007.

9.  La palabra tiene origen griego y significa “borrado nuevamente”.

10. Corboz, André: El territorio como palimpsesto. En: Diogène 121 (pp. 14-35), enero-marzo 1983

11. Ver Soria y Puig, Arturo: El territorio como artificio. En: Obra Pública 11 (pp. 30-39, primavera 1989.

12. Ver Sabaté, Joaquín: En la identidad del territorio está su alternativa. En: Obra Pública, Ingeniería y Territorio nº 60 (pp. 12-19), 2002.

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