Configuraciones Territoriales en Tierra del Fuego

Cartografía Histórica, Plano del Estrecho de Magallanes de Joris van Spilbergen, 1614-1619, con Terra del Fuogo arriba de la imagen (Martinic, 1999)

Escrito por: Marcelo Cooper

El presente documento enfoca la dimensión territorial de las formas de ocupación en Tierra del Fuego.
Esto ya en su sola formulación asume una connotación ambigua, dado que el mismo concepto de territorio carece de escala. Desde una extensión de carácter nacional como la configuración del país, con toda la complejidad que ello implica, hasta una discreta expresión material que manifiesta una particular apropiación de un lugar, como un humilde rancho de champas, llevan implícitos una idea de territorio.

Cuando nos referimos a la dimensión territorial, aludimos a un planteamiento capaz de transmitir, más que una impresión del territorio en sí, una impresión sobre la idea del mismo en su mayor extensión, asumiendo en consecuencia la mayor escala. Ésta está definida por la región, no en su concepción administrativo-política a la que estamos más habituados en nuestro país, sino más bien en su concepción original, vinculada con las características geográficas del territorio. Recupera, en ese sentido, parte de los planteamientos desarrollados por Patrick Geddes hace ya un siglo, respecto de la unidad territorial básica a partir de la cual se reconstruirían las relaciones socio-políticas (Hall, 1988). El interés de esta relación radica, más que en el acento prospectivo del planteamiento de Geddes, en su concepto de región como unidad geográfico-social, dadas las posibilidades que ofrece aplicado a la configuración específica que representa el caso de estudio.

La dimensión regional en la Isla Grande de Tierra del Fuego (entiéndase el sector chileno), en este caso, relaciona una serie de formas específicas de ocupación, en gran medida independientes, que en una mirada más acuciosa, conforman más que una pura unidad. En ese sentido, cuando hablamos de un solo territorio de Tierra del Fuego reiteramos, con ello, nuestra mirada de extranjeros, impregnando de lógicas exógenas a nuestro objeto de estudio, y obligando a explicitar aspectos que de otro modo no serían necesarios.

Lo que entendemos como Tierra del Fuego comprende formas de ocupación diversas sobre configuraciones territoriales igualmente diversas, que sin embargo el ojo foráneo tiende a uniformar. En efecto, las formas de ocupación de este territorio constituyen una secuencia de operaciones de organización, adecuación y transformación del entorno natural original, en su mayor parte vinculadas con la explotación de materias primas. Estas últimas estarían conformadas por minerales auríferos, los pastos para la alimentación de ganado ovino y el mismo ganado, los hidrocarburos presentes en los estratos del subsuelo, e incluso los atributos naturales del paisaje, que adquieren valor en su condición cercana a la original de un paisaje impoluto.

Todas estas operaciones constituyen alteraciones del marco natural, y en consecuencia, se hallan cargadas con un mayor o menor grado de artificialidad; y es precisamente este componente artificial el que conforma la sustancia de la ocupación, materia de este análisis.

Nos podemos preguntar, entonces: ¿en qué medida el contexto geográfico de Tierra del Fuego predetermina los resultados materiales de la ocupación del hombre?; la construcción social y cultural asociada a los eventos productivos que se han manifestado en el territorio, y que se encuentran representados en la ganadería ovina y la producción de hidrocarburos, principalmente, ¿constituyen un valor agregado compatible con las propiedades del lugar?, ¿o son apenas estructuras superpuestas sin discriminación sobre el paisaje?; luego, ¿qué relación subsiste entre estas diferentes formas de ocupación?, ¿logran configurar una unidad territorial articulada y compleja?, ¿o permanecen como territorios autónomos desarticulados?; finalmente, ¿cuál es la idea de territorio que propone Tierra del Fuego?, o más precisamente, ¿cuál es la idea de territorio que nosotros reconocemos en este paisaje cultural de frontera?

Tierra del Fuego constituye un soporte activo; un ámbito cargado en su propia naturaleza con el potencial de la ocupación que sobre él se ha llevado a cabo mediante la acción “civilizadora” del hombre, integrando los componentes espaciales con los culturales y económicos. El resultado constituye parte sustancial del capital de recursos culturales con que cuenta la isla. Manuel de Solá-Morales ha planteado el problema en estos términos: “Porque si las formas del territorio nos interesan como reflejo (fósil, documento) de las relaciones sociales (económicas y políticas), es decir como producto, también nos interesan en sí mismas como patrimonio productivo, como recurso. Porque no podremos entender el uso social del espacio solamente como resultado directo de relaciones socio-económicas generales, sino además como resultado de unas leyes de producción del espacio y de construcción de la naturaleza histórica. Es en este aspecto como la ordenación del territorio como práctica política y como disciplina científica… centra su trabajo y obtiene las bases de sus razonamientos.” (Rev. Quaderns, 1981).

El estudio enfatiza un primer acercamiento a los recursos materiales de Tierra del Fuego, cuyo objetivo se funda simplemente en re-presentar el territorio, en el sentido de volver a revisar las consecuencias materiales de hechos y procesos históricos, cuyo impacto cultural ha sido tratado anteriormente con diferentes perspectivas.

Particularmente relevantes resultan los trabajos de Mateo Martinic, cuya sucesión de escritos y publicaciones desde la perspectiva de la historia le han conferido ya un cierto espesor de contenido a las acciones del hombre, sobre el territorio fueguino y en el contexto de la región de Magallanes. Igualmente relevante resulta el trabajo realizado por el equipo liderado por Juan Benavides e integrado por el mismo Martinic, finalmente editado en Las Estancias Magallánicas (1999). Esta publicación visualiza el impacto multiescalar de la ganadería ovina, una de las dos formas de ocupación más trascendentes del territorio fueguino. La otra la conformará la producción petrolera.

En una perspectiva de exploración gráfica (o cartográfica), la tesis de Romy Hecht sobre “Trazado y territorio: un estudio de los patrones fundacionales en Magallanes” (Hecht, 1997), enfatiza una visión arquitectónica, introduciendo parámetros o elementos de referencia de otro orden, a partir de una lectura del mismo territorio como una pieza mayor de arquitectura. Del mismo modo, este estudio reconoce también como objetivo representar Tierra del Fuego en el sentido gráfico, asumiendo el supuesto desplegado por Manuel de Solá-Morales (1981) en el cual representar implica una reflexión crítica y propositiva respecto del hecho representado. El análisis constituye, así, una forma subjetivada de descripción de la realidad vista, tanto directamente, como a través de sus numerosas y diversas fuentes, ya sea de orden académico, literario o fotográfico.

Este componente de subjetividad ha sido orientado en función de la hipótesis original, según la cual las formas de ocupación del territorio en Tierra del Fuego están vinculadas estrechamente con las modalidades de producción, dependientes de la base natural y ambiental del mismo territorio. Este tipo de ocupación y la configuración espacial subordinada a ello, tiene características de alta heterogeneidad y escasa consolidación.

Aventurando aún más allá en el mismo sentido, podemos aventurar que Tierra del Fuego constituye un ámbito fundamentalmente rural. Sobre esta base, una mirada que insiste en parámetros del ámbito urbano -la manera habitual de ver-, presenta evidentes disfuncionalidades y escenarios en crisis que podrían, mediante un ejercicio consciente de redefinición de los valores territoriales, transformarse precisamente en las fortalezas del territorio, en las claves de su futura transformación.


1. La fundación de una perspectiva territorial

a) Prejuicios y perspectivas: Tierra del Fuego como ámbito de frontera.

Hemos asumido el estudio de Tierra del Fuego a partir de sus formas construidas, o más precisamente, del conjunto de operaciones artificiales dispuestas sobre este ámbito natural específico, a partir de lógicas de ocupación históricamente subordinadas a formas monofuncionales de producción. Consiste, en consecuencia, en un acercamiento académico que articula diferentes escalas de análisis y una perspectiva multidisciplinar. En este acercamiento hemos entablado una doble relación, en cuanto habitantes de una misma nación con múltiples identidades; pero también como extranjeros que manifestamos nuestra presencia de modo transitorio sobre un lugar que nos resulta atractivo, pero ajeno. Ser fueguino, magallánico, patagónico, sureño, chileno o sudamericano, son todas expresiones que aluden a alguna dimensión de dominio territorial, señalada en mayor o menor medida de un componente extrafronterizo. En otras palabras, de ser más o menos extranjeros.

Se expone entonces la condición de estar situados en un confín, o desde donde comienza algo y termina otra cosa. Hoy, ad portas de nuevos tiempos, en que la dimensión de los mercados asume connotaciones transcontinentales, seguimos reconociendo como propio un cierto aislamiento del país, siempre señalado por estructuras geográficas colosales, como la Cordillera de Los Andes o el Océano Pacífico. Si así hablamos de Chile como totalidad, extiéndanse entonces estas impresiones al extremo de verdad, el sur de Chile o del mundo: la Isla Grande de Tierra del Fuego.

Este componente extrafronterizo se puede verificar en una serie de ideas que se cruzan:

i. En una dimensión propiamente histórica, la idea de frontera como lugar más allá del límite, de naturaleza mítica y venturosa, expresa la concepción de un territorio al margen, de la durante muchos años terra incógnita, al otro lado del Estrecho de Magallanes. Su imagen subsiste vinculada con las representaciones cartográficas de la época, productos de la ignorancia y del cúmulo de prejuicios de los mismos artistas y exploradores. El gesto prefundacional de Hernando de Magallanes, al atravesar el Estrecho hacia 1858, señalará a la isla como umbral, asociada al mismo Estrecho como puerta del nuevo mundo transoceánico. En esta perspectiva, la Isla será dispuesta de modo equivalente, incluso, al mismo continente americano: Tierra del Fuego como un continente posible.

ii. Hacia 1881 tiene lugar la subdivisión político-administrativa de la isla, suscrita mediante un tratado con Argentina. La imposibilidad de aplicar el criterio general de la divisoria de las aguas producto de la configuración topográfica de la cordillera de Los Andes en la zona, dispuso un razonamiento puramente abstracto que se tradujo en un ejercicio (carto) gráfico desplegado a puertas cerradas sobre un papel. Los territorios chileno y argentino se dibujan, entonces, a partir de una idea de límite como línea, trazada desde el Cabo Espíritu Santo, pasando por el meridiano occidental de Greenwich 68º34′, hasta el eje del canal Beagle.

Desde entonces, la situación excepcional de la cordillera ubicada hacia el surponiente, un trazado hídrico que evidentemente no responde a una “divisoria de las aguas”, presentando desembocaduras hacia el Atlántico (Río Grande), una conformación topográfica de escasos contrastes y vastas extensiones, propias del paisaje patagónico y de la pampa trasandina, manifiestan cualidades propias del estar “al-otro-lado”, en contraste con la idea generalizada del estar “de-este-lado”, en virtud de un cordón montañoso que habitualmente nos regula la dieta.

iii. No deja de ser relevante, sin embargo, la aparente coincidencia entre el momento de esta subdivisión y los comienzos de la ocupación económica con el oro y la ganadería. A partir de entonces, y a lo largo del siglo XX, con la labor desplegada por los misioneros salesianos y el petróleo, Tierra del Fuego incorpora dos ideas territoriales de similar naturaleza, pero con horizontes de impacto asimétricos. Si por una parte la división político-administrativa manifiesta dos criterios o proyectos de país divergentes, por otra parte la ausencia de una configuración geográfica que haga eco de estos criterios redefine, al mismo tiempo, a la Isla como una nueva totalidad que contiene en su interior un juego territorial dual. Difiere el concepto de frontera como línea, artificio geométrico que en un paisaje marcado por la vastedad tiende a reducir su condición a su propia anulación, del concepto de frontera como espesor, zona territorial en la cual ocurren situaciones propias de dicho territorio.1 Se produce, entonces, una suerte de coincidencia entre el espesor de la frontera y los límites externos del territorio (figura de la Isla); es decir, la totalidad del territorio de Tierra del Fuego como un ámbito de frontera.

Sobre esta base, también debemos reconocer al marco geográfico mayor de la Patagonia Magallánica como un territorio de frontera, en el cual se producen mayores vínculos entre los centros poblados de Chile y Argentina, como Punta Arenas y Río Gallegos, que entre estos primeros y las zonas centrales respectivas del país, como Santiago o Buenos Aires. De ahí, entonces, que en la zona se hable con cierta propiedad de la “República de Magallanes”.

iv. Articulando la experiencia que implicó por una parte la empresa del oro, durante las últimas dos décadas del siglo XIX y la primera del XX, y por otra, el reciente proceso de apertura del camino –“frente de trabajo”–, hasta el extremo sur de la isla en Bahía Yendegaia, Tierra del Fuego podría ser considerado como un territorio similar al Far West norteamericano, guardando las debidas proporciones. Tendríamos entonces nuestro propio Far South.

v. Desde la perspectiva de las políticas públicas, la misma distancia y segregación territorial ha sido argumento para promover normativas excepcionales de aplicación específica en Tierra del Fuego. En efecto, el Estado ha definido criterios específicos para la isla, como la cesión de terrenos con la consecuente configuración de latifundios de enormes extensiones, a fines del siglo XIX, o la definición de un área de excepción tributaria mediante la extensión de la Ley Navarino, cuya aplicación original se reducía a la Isla Navarino, de modo de promover la ocupación al sur del canal Beagle, en un principio, y a Tierra del Fuego, en un segundo momento. En definitiva, también en el ámbito jurídico Tierra del Fuego constituye un ámbito de frontera.

Cuando hablamos de Tierra del fuego, entonces, hablamos de un territorio excepcional, o de un otro territorio. En él confluyen sus características en cuanto soporte geográfico, o un suelo dispuesto para su ocupación, y sus valores escénicos que activan una condición paisajística. Pero por sobre todo, en esta perspectiva adquieren relieve todas aquellas formas de ocupación y de significados adquiridos que llevan implícitas una idea particular de territorio, vinculada con la experiencia de frontera. Asentamientos ex novo monofuncionales, y centros discretos y dispersos de producción de materias primas; formas sociales caracterizadas por la presencia de hombres solos, o más precisamente, por una escasa presencia femenina y la ausencia de familias como base de un tejido social, vehículo tradicional de colonización y consolidación de territorios, y especialmente, de centros propiamente urbanos.

b) Lo urbano como deformación de la mirada.

Nos acercamos a Tierra del Fuego desde nuestra experiencia profesional y académica en un contexto tradicionalmente señalado por parámetros urbanos. En cierto modo, la mirada que cargamos como un prejuicio está de antemano prefigurada con base en la ciudad y las redes de infraestructura dependientes de la misma base. En este contexto, el ámbito rural aparece más bien como un negativo de lo urbano, un residuo que interrumpe el despliegue del tejido residencial, del equipamiento y los servicios propios de la urbanidad, y donde lo artificial adquiere intensidades mayores, alcanzando gran parte de la realidad cotidiana. En este contexto de centralidad metropolitana nacional, las mismas redes de transporte constituyen gérmenes de urbanidad.

Respecto de este centro Tierra el Fuego aparece en el polo diametralmente opuesto, como un ámbito periférico al margen de todo desarrollo urbano, al menos desde una perspectiva convencional. En efecto no existen en el lado chileno de Tierra del Fuego ciudades de cierta jerarquía, y los dos casos más cercanos a esta categoría representan o un pueblo semirural con ambiciones de puerto, como es el caso de Porvenir, o un montaje de ciudad moderna que se levanta cual escenario en medio de la vastedad, como Cerro Sombrero.

Pero limitarse a esta visión significa asumir que esta mirada deformada con la experiencia asimétrica de la ciudad constituye la única posible, y le resta sentido a los propios atributos que puedan ser expuestos en un ámbito de frontera, o que puedan exhibir casos particulares como Porvenir o Cerro Sombrero. En ese sentido, debemos posar la mirada con un cierto respeto o delicadeza, y asumir que Tierra del Fuego es una anomalía, un ámbito territorial de excepción donde la ruralidad se extiende como la protagonista del territorio, y donde los escasos centros poblados adquieren condiciones excepcionales de urbanidad.

Al respecto, el escritor Francisco Coloane, quien encarnó en vida propia la experiencia de la estepa fueguina, reconoce en sus relatos esta dimensión saturada de lo urbano. El lado más oscuro de estos escasos centros poblados se reconoce en la prostitución y el alcoholismo, aficiones de puesteros y trabajadores de las estancias ganaderas, prácticas habituales materializadas en las oportunidades de dilapidar su sueldo, luego de meses de sobrevivir al rigor del clima y la soledad en medio de la extensión de la pampa. Aparece así por contraste el medio urbano, casi como una dimensión paralela con tiempos y lógicas propias.

La delicadeza de la mirada debe, entonces, desentrañar la dimensión propia de Tierra del Fuego. La fundación de una perspectiva territorial sensible al caso implica develar cuáles son los tiempos y las lógicas de este lugar, o de estos lugares que se nos presentan. Implica desde luego forzar la mirada, evitando reducirla a la experiencia académica urbana.

2. Redes y nodos: configuraciones de un territorio rural

La configuración y apropiación del territorio fueguino, o más precisamente, el proceso mediante el cual los grupos sociales arribados desde el extranjero se consolidaron sobre la porción occidental de Tierra del Fuego, se ha traducido en el tiempo en dos lógicas recíprocas. Por una parte, la apertura efectiva del ámbito geográfico natural, por medio del trazado de caminos, rutas o mecanismos de desplazamiento; y por otra, la subdivisión del suelo, para efectos de su administración. En efecto, la representación de los trazados de caminos o rutas, así como de predios, exponen más que la mera figura del territorio, su estructura y disposición, su esqueleto y redes internas de flujos. La Isla Grande se vuelve, así, un cuerpo de gran escala, que podemos visualizar madurando en el tiempo, y detenernos en el momento presente para constatar fisiognómicamente sus signos vitales (Astaburuaga, 1978, 2002). Son huellas, en el decir de Solá-Morales (Rev. Quaderns, 1981), de la construcción histórica del territorio por el hombre: parcelación, asentamiento, comunicación, cambios topográficos, etc., cuya comprensión agregada o desagregada nos posibilitan hacer pública una imagen del territorio.

Pero los trazados de caminos o las subdivisiones prediales como medios de apropiación de un territorio están lejos de constituir una práctica exclusiva de Tierra del Fuego. En ese sentido, su develamiento no forma parte de nuestros objetivos finales, sino más bien un método de publicación y difusión de atributos territoriales.

Por localización y configuración geográfica, la Isla Grande de Tierra del Fuego se dispuso desde siempre como un ámbito difícil de habitar. Su lejanía con los centros del movimiento de la civilización occidental –incluso considerando su tangencialidad a una ruta estratégica como lo fue el paso por el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos, previa construcción del Canal de Panamá–, su misma condición de isla, su exposición al viento permanente, en fin, fueron parte de los factores territoriales que mantuvieron suspendida su ocupación2. Debieron pasar más de tres siglos y medio desde su primer avistamiento “oficial” para disponer de los argumentos que detonaran las inversiones que ello requería.

La industrialización y la minería, como dos actividades o procesos cuyas lógicas operativas ponían (y ponen) en movimiento al mundo por medio del flujo de capitales, justificarían entonces la apertura del territorio fueguino. Sin más complicación que unos cuantos aborígenes carentes de toda belicosidad, se dispuso la Isla como una verdadera tabula rasa, tanto desde la perspectiva de su condición prístina, como desde la perspectiva literal de gran parte de sus paisajes, despojados de mayores signos que impidieran el paso de las rutas.

En esta perspectiva, la comprensión de las formas propias de la ocupación aborigen oficia como medio de contraste para matizar la magnitud de la empresa que dignificaría posteriormente la ocupación económica.


a) Precedente: La ocupación selknam o el territorio del nomadismo

El planteamiento desplegado respecto de las formas de ocupación del territorio en Tierra del Fuego, cuyas manifestaciones arquitectónicas y protourbanas se vinculan con diversas modalidades de producción, alude más bien a los procesos detonados después de 1881, ya en lo que Mateo Martinic ha denominado la etapa económica del desarrollo histórico de la Isla. Pos su parte, los grupos de aborígenes que precedieron esta ocupación desplegaron un sistema de vida nómade que alcanzaba apenas para una economía de subsistencia.

Los grupos de cazadores-recolectores, conformados casi en la totalidad de la Isla Grande por selknam, desplegaron formas de distribución y organización bajo las cuales subyace una particular comprensión del territorio. El descalce con las formas posteriores de ocupación, con el componente “civilizatorio” que trajeron consigo, alumbra una lectura más acabada de la relación entre estas lógicas de ocupación y el ámbito territorial adoptado.

Los escritos de Martin Gusinde como resultados de su experiencia de vida con los selknam3 en la década del ’20, así como los antecedentes recabados por Anne Chapman en su contacto directo con la última representante de esta etnia, en la década del 60’, nos entregan datos fundamentales de su territorialidad. Los selknam cultivaron una manera de habitar elemental a tal nivel, que incluso pone en duda la relación de causa-efecto que existiría entre desarrollo cultural y evolución.

Los selknam se distribuyeron en la Isla Grande en haruwen, que corresponden a distritos familiares. La totalidad del ámbito fueguino habría estado subdividido en función de las estructuras geográficas como ríos piedras, u otras. Los “lotes” así conformados habrían sido ocupados por pequeños grupos de familias extendidas vinculadas por lazos patrilineales, que se desplazaba al interior de su sector en pos de caza y comida. Es decir, una lógica de distribución territorial en la cual se combinan los lazos consanguíneos con el emplazamiento geográfico. La cantidad de haruwen resulta variable, según los diferentes estudios antropológicos efectuados4; evidentemente, tratándose de una configuración dependiente de los lazos de parentesco, constituye una estructura dotada de cierta fragilidad y, consecuente, de una capacidad de evolución en el tiempo que resultaría interesante de relevar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano de distribución de los haruwen, según la versión de Martin Gusinde, de 1982 (Ricardo Truffello, 2005)

La dinámica de esta configuración determinada por los haruwen, según estudios antropológicos más actuales (Prieto, 1984), debió haber respondido a ciertas lógicas geográficas, como la mayor dotación de unos territorios con respecto de otros, según su localización en la isla. En esta perspectiva, según Prieto, “es probable que las tierras del Norte de la isla tuvieran mayor extensión, debido a la menor cantidad de recursos que ofrecían, y es probable que también los haruwen costeros fueran más pequeños que los mediterráneos ya que los primeros eran ecológicamente más completos”. Aunque estas conjeturas no se ven totalmente materializadas en la versión de Gusinde, si es posible reconocer algunos agrupamientos de menor o mayor extensión. Lo que sí resulta interesante, es el calce de este plano esquemático con las estructuras geográficas actuales, de acuerdo a los instrumentos cartográficos de última generación.

Por otra parte, si vinculamos esta lógica de conformación territorial de los selknam en la cual las singularidades geográficas se vuelven signos equivalentes a una idea de frontera, con su rica cosmovisión, en donde los elementos que los rodeaban –lago, río, animal, cerro, estrella–, representaban manifestaciones de sus antepasados, resulta una construcción territorial de gran complejidad. En esta se combinan aspectos físicos e intereses domésticos con capas de significados de orden espiritual. De este modo, no habría existido una lectura separada entre el ambiente y ellos mismos, o entre su realidad cotidiana y sus ideologías más profundas; más bien éstas conformarían una misma entidad con ribetes mitológicos. La vida como consecuencia del territorio.

Ahora, si bien la estructura de haruwen les habría permitido coexistir a estos diferentes grupos de familias selknam, no está en estas configuraciones la capacidad de articularlos e integrarlos como una sola gran totalidad cultural. Esta capacidad radicaba en una serie de eventos de carácter ritual que habría convocado con cierta periodicidad a diferentes haruwen, y con ellos, gran cantidad de gente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Montaje de la distribución de los harúwen, según la versión de Martin Gusinde de 1982, sobre la base georreferenciada de la fotografía satelital (Ricardo Truffello, 2005)

Entre otros eventos5, destacan la varazón de cetáceos y la ceremonia de iniciación adolescente conocida como Hain. Se configuran, entonces, la satisfacción de las necesidades básicas de alimento y una instancia fundamental en que se renovaban las creencias como los instrumentos elementales de socialización, y bases de la identidad selknam. Los actos colectivos surgen entonces como mecanismos de una lugarización de esta identidad, y la cultura selknam como un producto ritual. La vida aborigen está fundada sobre actos o eventos significativos, y de este modo, la vida misma se vuelve un hecho del territorio.

Se tiende a pensar que este tipo de culturas que han sido encontradas en estados tempranos de desarrollo, presentan niveles de cultura más bajos. Prieto incluso, ironizando al respecto, habla de los selknam como una “cultura satisfecha” (Prieto, 1984). Sin embargo, y tal como señala Massone, “una sociedad puede sentirse opulenta produciendo mucho o bien deseando poco”. Los selknam, en ese sentido, habrían profesado una relación de profundo equilibrio entre la satisfacción de sus necesidades básicas y la demanda de recursos que ejercieron sobre su entorno. En la lógica analítica que han puesto de relieve las actuales líneas teóricas del medio ambiente, “podríamos afirmar que estamos frente a un desarrollo tecnológico y a una actitud cultural de subsistencia que permite una relación armónica entre el ser humano y su medio ambiente” (CONAMA). Es decir, el desarrollo sustentable plenamente encarnado.

Tendemos a pensar como algo propio de la naturaleza humana que deba haber un progreso o cambio permanente en las condiciones socio-culturales de un determinado grupo. En ese sentido, somos herederos de una forma de pensar unidireccional propia de occidente, que bien puede ser diferente a otras formas de desarrollo que aún hoy subsisten en diferentes partes del planeta. Los selk’nam practicaban una de esas otras formas, caracterizada por una particular simbiosis con el territorio, y una vida en movimiento como forma básica de ocupación.

Más que delimitar o disponer de estructuras que pusieran de relieve la forma del territorio que habitaban, los selknam se dispusieron ellos mismos como base y fundamento del mismo territorio. Los hombres en sus diferentes connotaciones sociales hacían, literalmente, territorio, en lo que sería la fundación de una idea del mismo propiamente fueguina.

b) La apertura del territorio

Con la inauguración del período económico sobre Tierra del Fuego hacia 1881 (Martinic, 2005), la introducción de la infraestructura determinaba, por sobre la posibilidad de penetrar un sector hasta entonces clausurado, su inserción en un mercado de gran escala, en el cual se veían involucradas fronteras de otra naturaleza vinculadas con el libre mercado, y semejantes a las que hoy asociamos a la globalización. La accesibilidad involucró la oportunidad de activar flujos de productos, de recursos naturales y fundamentalmente de materias primas, para ser inyectados con un valor agregado en complejos procesos de elaboración a miles de kilómetros de distancia.

Pasamos de un territorio neutro, uniforme o al menos homogéneo, a un territorio activado por intereses monotemáticos: la apropiación, explotación, producción y exportación de minerales de oro, lana de oveja, hidrocarburos o madera. La pradera, las napas subterráneas o el bosque han perfiladas como estructuras que ha sido necesario alcanzar, penetrar, fragmentar, dosificar y administrar en una secuencia de operaciones detonadas, en un primer momento, por la apertura de caminos. Es el mismo ámbito natural el que ha sido puesto en movimiento, en circulación. De este modo, el panorama geográfico de la Isla ha sido activado y tensado mediante polos de atracción (centros poblados, estancias), cruces y nodos.

Pero junto con esta red tensada de flujos y circulaciones, el trazado de las rutas marítimas y terrestres, principalmente, ha posibilitado que el mismo territorio se hiciera palpable y reconocible, del mismo modo que una corregida circulación sanguínea le devuelve el color al rostro del enfermo.

Asimismo, y tal como lo ha enfatizado Romy Hecht por medio de ejercicios proyectuales sobre el territorio magallánico continental (Hecht, 1997), el conjunto de pequeñas o discretas acciones del hombre por materializar sus dominios y manifestar el ámbito de su administración, se vuelven gestos de gran contraste en un medio caracterizado por la vastedad. Así sucede con la extensión de una cinta que facilita el desplazamiento por entre medio de la turba que cubre el suelo fueguino, o el levantamiento de una frágil serie de estacas y alambres articulados en interminables cercas que se distribuyen en todos los sentidos.

Sin embargo, el proceso de apropiación territorial no se inició por medio de estos instrumentos concretos como caminos y cercos, elementos que posibilitarían luego la medida del territorio, ni tampoco con actos jurídicos, como cesiones de terrenos o disposiciones político-administrativas parecidas, tal como lo señala Hecht refiriéndose al ámbito continental magallánico. La Isla Grande fue asumida primero en su misma condición de isla, desde las imperfectas perspectivas que arrojaron las rutas marítimas.

En efecto, los mapas de navegantes y dibujos de viajeros permitieron tomar conciencia de los límites de Tierra del Fuego, señalando a su paso los singulares accidentes que configuran las bahías Gente Grande, Felipe y Lomas, por el norte y dando al Estrecho de Magallanes, la bahía Inútil y el seno Almirantazgo por el poniente, y luego más al sur el Cabo de Hornos, por nombrar los más significativos.6 De este modo, se asumió antes la figura de Tierra del Fuego que su forma en cuanto suelo habitable. Son mediados del siglo XVI, tiempos de la expansión de Europa y del ensanche del mundo occidental. Son tiempos en que el hombre que escruta el territorio es un explorador, y el mar su soporte. La Tierra del Fuego apenas constituye el negativo de las rutas marítimas, un confín que en casi cien años (1520-1616) pasará de ser un posible continente a un acotado trozo de tierra. Incluso durante gran parte de los dos siglos siguientes (siglos XVII y XVIII) permanecerá la conciencia equivocada de una conexión marítima entre las Bahías Inútil y San Sebastián.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cartografía Histórica, Plano de América del Sur de Juan Martínez, 1572; y  Freti Magellanici ac novi Freti vulgo Le Maire exactissima delineatio, de Pieter Keer, 1628-ca 1645 (Martinic, 1999)

Avanzando el siglo XIX, el territorio magallánico y con ello la Tierra del Fuego adquiere protagonismo en el ámbito de los intereses geopolíticos. Ya no es sólo el mundo europeo el que expande sus fronteras, sino también los nacidos en el contexto nacional y herederos del proceso independentista quienes debaten sus dominios en un apresurado e improvisado gesto colonizador.7 El interés, en todo caso, radica en administrar el paso por el Estrecho de Magallanes.

Recién en 1879 se inaugura una nueva manera de entender el territorio fueguino. Manifestaciones de oro encontradas en las vertientes de la Sierra Boquerón, en el sector norponiente de la Isla Grande, le confirieron un nuevo estatus, generando al fin argumentos propios de la Isla que detonaron que dos años después, en 1881, se inaugurara la ocupación efectiva de Tierra del Fuego por el hombre occidental. 1881 es también la fecha de la subdivisión político-administrativa de la Isla Grande, quedando así señalada como parte de los ámbitos nacionales respectivos de Chile y Argentina. Para el sector chileno, son los inicios de una ocupación netamente económica, motivada por intereses exclusivos en la explotación de minerales: el territorio como base de capitales foráneos, horizonte de buscadores de fortunas, el Far South.

Los placeres auríferos fueguinos, dispersos a través de riachuelos y chorrillos -pequeños cursos de agua-, detonaron, tal como lo señala Mateo Martinic, dos consecuencias fundamentales, como lo fueron el exterminio de los aborígenes y la gestación del primer centro con potencial urbano en 1894. El primero de estos hechos, junto con desatar una tragedia cultural de proporciones desmedidas como el exterminio de una raza, implicó con el tiempo el reemplazo de una manera de asumir el contexto geográfico.

La desaparición del haruwen como mecanismo de organización y distribución de las familias indígenas significó el reemplazo de una idea de territorio por otra. El calce entre las formas sociales y los atributos del paisaje geográfico se sustituyó por el más absoluto descalce. La delicada y frágil sintonía del pueblo selknam con su entorno natural fue anulada en favor de una ocupación imperfecta, descoordinada, desarticulada y carente de cualquier intención por construir lazos con el lugar. El perfil de los nuevos pobladores, atraídos por la extracción artesanal de los lavaderos de oro, se relacionaba más bien con un panorama cosmopolita carente de raíces e identidad común, que con una base capaz de soportar la generación de un tejido social. Más aún, la ausencia de familias y particularmente de mujeres impidió la consolidación de una comunidad formal. El habitante se caracterizaba por ser un hombre transeúnte que estaba de paso por la Isla, mientras tuviera la posibilidad de amasar una eventual fortuna. Tierra del Fuego se entiende, en consecuencia, como un territorio de ilusiones individuales, más no de permanencia.

La segunda consecuencia que la incipiente minería del oro trajo para la Isla Grande fue la gestación de las bases para la fundación de Porvenir. Apenas un caserío precario en sus inicios, la oficialización de su condición de poblado obedeció a una serie de circunstancias favorables. En primer término, la configuración de la Bahía Porvenir en una ensenada protegida, a cubierto de las imprevisibles corrientes del Estrecho. En segunda instancia, la localización de esta Bahía en la ribera opuesta a la floreciente ciudad de Punta Arenas. Finalmente, su relación con la distribución de los lavaderos auríferos, garantizó un flujo medido pero constante de habitantes que dio pie para la consolidación con los años del poblado de Porvenir como una puerta para el resto de Tierra del Fuego.

c) Los dominios del movimiento8

El secuencial trazado de los caminos permitió desde las últimas dos décadas del siglo XIX y durante todo el siglo XX, incorporar paulatinamente porciones de la Isla. Vinculadas con hechos históricos y eventos político-administrativos o empresariales, es posible configurar una serie de cartografías de diferentes momentos del desarrollo de Tierra del Fuego. El ejercicio remite a la lógica cartográfica de los antiguos maestros holandeses y europeos en general9, quienes dibujaban solamente el territorio conocido, dejando en situación difusa aquellas regiones que permanecían ignotas.

Con esta mecánica, es posible desagregar hechos o procesos que han significado transformaciones fundamentales para el territorio que se ha ido configurando con el tiempo en la Isla Grande, y por otro, delimitar figuras cartográficas singulares, que enmarcan ideas de territorio específicas que se materializan durante acotados períodos de tiempo. Sobre esta base, las etapas del desarrollo económico de Tierra del Fuego son las siguientes:

i. Entre 1883 a 189010 se prefiguran las primeras acciones que se manifestarán en el período posterior. Desde el Gobierno Central se traza la primera línea de un nuevo escenario territorial, cuyos protagonistas serán grandes ganaderos y personajes que sentarán las bases del desarrollo de Magallanes durante el siglo XX. La figura de la concesión de tierras se instala en tierras fueguinas, estableciendo quizás el primer instrumento que se impone desde “fuera”, e institucionalizando el conflicto con las formas territoriales indígenas existentes desde tiempos anteriores.

Aunque Martinic vincula estos hechos al inicio de la colonización pastoril de la Isla Grande (Martinic, 1982), lo efectivo es que acontece un verdadero proceso de conquista. Al aborigen se lo asumió como un sujeto sin derechos sobre el suelo que había habitado durante generaciones. La idea de territorio que se importaba sobre la Isla constituía un concepto que se originaba en un objetivo abstracto, que si bien se fundaba sobre la existencia de un capital de recursos presentes en el lugar, no formaba parte de las prácticas que el mismo lugar proponía; más bien manifestaba la transposición de un modelo productivo proveniente de los países industrializados a un ámbito periférico del planeta. Tierra del Fuego se insertaba en el circuito productivo internacional como el punto de origen del proceso.

En este contexto, el incipiente caserío de Porvenir define la puerta de acceso a la Isla, y la piedra angular de las huellas que se extienden tímidamente siguiendo las costas al norte ganadero y al sur, que junto con el Cordón Baquedano hacia el este, concentran los lavaderos de oro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano de la ocupación de Tierra del Fuego en 1890 (Labra, 2002)

ii. Entre 1890 y 191511 se consolidan las formas territoriales propias de la ganadería fueguina, materializada en una lógica propia de subdivisión predial, el latifundio, y en un modelo de artefacto productivo, la estancia, núcleo rural equivalente a la figura de la hacienda característica del valle central de nuestro país. La forma que materializa ambos hechos territoriales es el casco de la estancia, complejo arquitectónico presidido por el galpón de esquila. Esta pieza singular en sus proporciones, semejante a un barco posado sobre la estepa fueguina, constituye una suerte de detalle de la estancia; un signo que capitaliza en su interior la esencia del proceso de producción ovejera.

Para Benavides y equipo, la estancia representa la base del éxito de la actividad ganadera en términos de estabilidad y sostenibilidad en el tiempo, en contraste con la inestabilidad propia de otras actividades productivas como la misma minería del oro o la del carbón. Sin embargo, le atribuyen la mayor responsabilidad del proceso a la lógica de subdivisión predial que permitió al Estado -único propietario rural en Magallanes-, activar la producción en la zona. Efectivamente, “si se considera que la industria salitrera trabajaba a plena capacidad en el Norte Grande y que el ferrocarril avanzaba por el valle central hasta Puerto Montt, qué duda cabe sobre la trascendencia de este proceso que significó la incorporación definitiva y productiva para el país del extenso territorio magallánico, realizada en este caso con una mínima intervención fiscal” (Benavides y otros, 1999).

Desde esta perspectiva, sin duda que el latifundio como vehículo de la ocupación territorial constituyó una operación político-administrativa de la mayor eficiencia. Más aún considerando que en aquellos años acontecía la más significativa subdivisión de la Isla Grande, mediante el trazado del límite chileno-argentino en 1894. En el mismo sentido operaba la fundación formal de Porvenir el mismo año, y la instauración del servicio de vapor regular subvencionado entre Punta Arenas y Porvenir, al año siguiente.

No obstante, el latifundio como proceso representó también la artificialización de la figura de Tierra del Fuego, dado que su ejecución se llevó a cabo entre cuatro paredes, vinculando desmedidas extensiones de suelo productivo con los trazados inmateriales de paralelos y meridianos. En este sentido, si el formato de subdivisión predial permitió la ocupación del territorio, al menos en cuanto a su propiedad en papel, en cierto modo predeterminó la separación entre la misma ocupación y su consolidación social efectiva. Evidentemente, la cesión de un volumen que superaba el millón de Há retrasó el eventual arribo y distribución proporcionada de nuevas familias, y desconectó la producción de la potencial colonización que pudo llevarse a cabo. Colonización discreta, entonces, la que tuvo relación con la ganadería.

Por otra parte, la estancia sí constituye una pieza del mayor interés, en el sentido que representa un invento arquitectónico adaptado a las condiciones del lugar, y a las aspiraciones del modelo productivo instaurado tanto en Tierra del Fuego como en la zona magallánica. La estancia y sus estándares constructivos, morfológicos y de localización, puede ser entonces aprehendida como un artefacto estrictamente funcional, al servicio de los objetivos de la producción12, pero en sintonía con las necesidades y condiciones que establecía el paisaje de la Isla.

El caso diametralmente opuesto lo representarán las dragas y la minería del oro. La incorporación de la actividad mecanizada le brindará un impulso a la producción, pero resultará una lógica imposible de sostener en el tiempo.

El mapa de este período está matizado por la subdivisión en papel, por un lado, y la ocupación real, por el otro. Esta última estará presidida por la construcción de estancias, entre las cuales la actual Caleta Josefina –con salida a la Bahía Inútil–, y la estancia San Sebastián –con salida a la Bahía homónima–, señalarán una tensión en el sentido oriente poniente, que se extiende hasta el asentamiento en territorio argentino de Río Grande. Una segunda tensión relevante surge también hacia el norte de Tierra del Fuego, con un segundo nexo con el continente a través de Punta Delgada, en la primera angostura del Estrecho de Magallanes. Finalmente, la estancia Cámeron determinará la continuidad en torno a la Bahía Inútil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano de subdivisión predial al año 1912 (Hanssen, 2002), y Plano de la ocupación de Tierra del Fuego en 1915 (Labra, 2002)

iii. El período que va desde 1915 a 1945 está marcado por la diversificación de hechos territoriales, centrados en cuatro temas relevantes. El primero de ellos lo constituye la fundación de dos estancias significativas: Vicuña y Yendegaia, ambas localizadas hacia el sur de la Isla. Mientras la primera representa la primera estancia interior, manifestación de una segunda generación de estancias, desconectadas directamente con la costa, la segunda abre un nuevo campo de ocupación del territorio nacional fueguino, desde el canal Beagle. Este segundo frente de ocupación no adquirirá mayor relevancia geopolítica sino hasta los años recientes.

El segundo tema lo señalan los inicios de la explotación forestal13, que le incorpora a la ganadería un segundo sistema productivo yuxtapuesto, aunque de bastante menor impacto, cuyo frente de trabajo se aventura hacia los bordes occidentales del centro de la Isla, al sur de Bahía Inútil.

El tercer tema fundamental de este período lo constituyen los procesos de subdivisión. El primero de ellos tiene lugar en los alrededores de Porvenir hacia 1916 –subdivisión Boquerón–, proceso que manifiesta la recolonización de la zona por parte de pequeños y medianos empresarios (Martinic, 1982). Manifiesta, igualmente, la consolidación de Porvenir como puerta de Tierra del Fuego, en la medida que se configura una suerte de hinterland del centro poblado. El primer vuelo civil el mismo año, y la instauración del servicio de correos y pasajeros en automóviles entre Porvenir y Río Grande, en 1925, refuerzan el argumento anterior. Una segunda subdivisión tuvo lugar en el sector nororiente del sector chileno fueguino, en Punta Catalina. Ambos procesos trajeron consigo una moderada densificación en sus respectivas áreas, y el trazado de rutas y huellas de acceso, reciclando en algunos casos trazados preexistentes originados con la explotación de oro. Sin embargo, será en 1937 cuando se promulga legalmente y desde el Gobierno Central los procedimientos para llevar a cabo la subdivisión y arrendamiento de los campos fiscales14, que serán devueltos paulatinamente por las grandes compañías ganaderas. De este modo, se redefine el criterio central de ocupación del territorio fueguino, anulando el latifundio como formato de concesión, y detonando un nuevo y eficaz factor de desarrollo rural para la Isla.

El cuarto aspecto guarda relación con lo anterior, pero principalmente con la institucionalidad del Gobierno, que se formaliza en Tierra del Fuego mediante su incorporación como Departamento en la estructura de gobierno interior provincial, y en la posterior designación de los primeros Alcalde y Junta de Vecinos de Porvenir.

Los trazados en el mapa reconocen esta nueva tensión hacia el sur, así como la multiplicación de los caminos en zonas ya reconocidas, y el proceso de fragmentación de la subdivisión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano de subdivisión predial al año 1936 (Hanssen, 2002), y Plano de la ocupación de Tierra del Fuego en 1945 (Labra, 2002)

iv. El cuarto período está señalado por una serie de hechos que determinaron un salto en el desarrollo del territorio fueguino; y probablemente su incorporación relativa a una dimensión nacional más moderna. El primero de ellos se configura a partir del año 1945, con el descubrimiento de petróleo en la zona de Springhill, hecho que detona el interés del Estado por asumir la explotación de los hidrocarburos. Esta decisión implicará políticas que decantarán en la inauguración de una nueva forma de ocupación del territorio fueguino. Hace su aparición entonces una serie de focos industriales con objetivos exclusivamente productivos15, sintonizando con la vasta tradición minera del centro y norte del país, vinculada con el salitre y el cobre.

En términos generales, la lógica de la minería tiende a asumir el territorio como un soporte pasivo de operaciones industriales, que en nuestro país adquiere un mayor protagonismo en virtud del despliegue de formas específicas producto de las diferentes conformaciones topográficas16. La minería del petróleo en Tierra del Fuego y el Estrecho de Magallanes, con sus atributos específicos, se suma a esta rica tradición.

La explotación de hidrocarburos se desplegó en territorio fueguino, materializando una secuencia de explotación que se superpuso al despliegue propio de la ganadería. En ese sentido, la normativa dispuesta para la explotación minera favoreció el trazado de la infraestructura extractiva, por sobre la figura de la propiedad predial ganadera17. Por otra parte, si la ganadería establecía una forma extensiva de ocupación de suelo, relacionando la superficie predial con la cabida de cabezas de ovinos, la explotación de hidrocarburos demandó de una estructura intensiva de puntos que avanzaban bajo el subsuelo, y de redes sobre el plano.

Marko Matulic, en una investigación de las formas territoriales en la Cuenca de Magallanes (Matulic, 2002), incluyendo el norte de la Isla Grande, el tramo nororiental del Estrecho de Magallanes y el borde continental que va desde Punta Dungenes a Punta Arenas, en una figura de continuidad que no discrimina entre la superficie terrestre y la submarina, plantea un ángulo diferente para comprender las dimensiones de las lógicas de implantación de la producción petrolera. Mediante un ejercicio de representación, intenta demostrar que las lógicas de explotación desarrolladas por la producción de hidrocarburos implican una nueva manera de entender el territorio, o más precisamente, proponen una idea de territorio divergente a la convencional a partir de sus estructuras e infraestructuras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Representaciones de la lógica de la explotación de los hidrocarburos. Esquema de Capas Programáticas superpuestas                      (Matulic, 2002).

Según Matulic se configuraría primero un conjunto de sistemas propios de la explotación, que estaría compuesta por operaciones secuenciales de prospección (territorio posible)18, extracción (territorio efectivo) y distribución (territorio activado) , articuladas en una malla tridimensional organizada en base a áreas, puntos y líneas, que se despliega a su vez en distintas capas entre la cota superficial y los -2.400 metros bajo tierra. Así, separa las actividades del proceso de explotación dispuestas por la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP)19, de las lógicas netamente de ocupación, proponiendo una lectura desde las infraestructuras. Sólo posteriormente y dependientes de lo anterior, se dispondrían las operaciones de ocupación más tradicionales, como la red de caminos y centros poblados, articuladas con la red existente en la zona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comparación de las formas de ocupación territorial de la producción petrolera y ganadera  (Matulic, 2002)

En este plano, la producción petrolera trajo consigo el mejoramiento de la infraestructura vial en parte importante de la zona norte de la Isla, ya sea renovando caminos existentes o incorporando nuevas alternativas. Son aspectos que apuntan a la modernización territorial del ámbito fueguino durante la segunda mitad del siglo XX. Esta consolidación de las rutas terrestres se le sumaría al servicio de aeronavegación comercial regular, provisto por la Línea Aérea Nacional a partir del año 1945, y a la caducación de los arrendamientos de los campos a las grandes compañías ganaderas, en 1958 bajo el Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, hecho que determinaría el fin de los grandes latifundios, e incentivaría la subdivisión de los campos recuperados y la formación de nuevas colonias agrícolas y ganaderas, como las de Gente Grande, Caleta Josefina y San Sebastián (Martinic, 1982). La subdivisión predial ganadera, que respondiera en principio a coordenadas geográficas abstractas, se transformaría paulatinamente en un nuevo orden territorial, fundándose ahora en el trazado y cursos de ríos, la accesibilidad al mar, y el trazado de caminos (Hanssen, 2002).

Desde la perspectiva de las formas de ocupación territorial, probablemente la operación industrial de mayor relevancia fue la construcción de la ciudad-campamento de Cerro Sombrero, cuya envergadura le brindaría desde sus inicios un peso específico equivalente al de Porvenir en el contexto fueguino. Concebido como un centro administrativo y de servicios para el sistema productivo desplegado, así como de habitación y equipamiento para los trabajadores del petróleo, el centro poblado fue gestado como un campamento cerrado, pero que cubría y superaba las necesidades en materia de vivienda y equipamiento. Según lo propone Javiera Advis, centrando su reflexión en las propiedades del Centro Cívico levantado en la ciudad-campamento, se ofrece un “campamento dotado con una infraestructura de punta y altos estándares de habitabilidad y confort. Se ofrece entonces comodidad, bienestar, incentivos que contrarrestan las dificultades de vivir en un campamento. (…) el diseño de éste pretende generar una idea de ciudad para los pobladores, un escenario de normalidad, ciertas condiciones similares a las de una ciudad tradicional” (Advis, 2003). En definitiva, se trae a presencia uno de los aspectos característicos de las company towns, cual es la “recreación de un entorno programáticamente complejo y autosuficiente para el habitar colectivo permanente o, al menos tan permanente como la producción lo determinara” (Garcés y Equipo, 2001).

La construcción de Cerro Sombrero tendió a equilibrar la conformación territorial del norte de la Isla, que con excepción del descentrado poblado de Porvenir, se encontraba huérfana de centros que congregaran una cierta cantidad de población, y desde los cuales fuera posible regular el desarrollo del territorio fueguino. Tal situación fue reconocida por el entonces Intendente de Magallanes, Mateo Martinic, quien impulsó la apertura del campamento industrial a la categoría de pueblo abierto y cabecera de la comuna de Primavera, hecho que se materializó apenas concluido el proceso de construcción, el año 1965, pero no se consolidaría formalmente sino hasta el año 1980, en que se instaló la Municipalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano de subdivisión predial al año 1955 (Hanssen, 2002), y Plano de la ocupación de Tierra del Fuego en 1989 (Labra, 2002)

v. La modernización de al menos parte del sector norte de la Isla con el arribo de la producción petrolera, y la subdivisión progresiva de los campos, permitió afinar la infraestructura de base del territorio fueguino, generando con ello mejores condiciones para el asentamiento de nuevos habitantes. Sin embargo, la realidad ha demostrado que no ha sido así, y el territorio fueguino en el ámbito nacional se ha mantenido con índices muy por debajo de los estándares nacionales. Este factor demuestra, además, que la radicación de población ha sido siempre dependiente de las diferentes instancias de explotación de los recursos naturales.

El escenario fueguino a partir de la década del ’80 no varió estructuralmente respecto del período anterior, sino en tan sólo un par de aspectos. El primero de ellos guarda relación, más que con operaciones concretas sobre el territorio, con una manera de entenderlo, argumento que en gran medida se vincula con la totalidad del territorio nacional. La aparición de las guías Turistel el año 1986 fortaleció una mirada particular sobre las especificidades geográficas y las construcciones del hombre sobre ellas, enfatizando el valor o atractivo turístico que estas entidades ofrecían, y destacando las alternativas que presentaba la infraestructura de transporte para acceder a ellas. El formato de estas guías, así como su sistema de actualización anual permitiría, asimismo, captar la evolución de esta lógica de la exhibición territorial en los diferentes escenarios del panorama chileno.

Tierra del Fuego apareció por primera vez el año 1989, haciendo presente, en cierto modo, más que los valores territoriales del territorio, la carencia de un sistema integrado de piezas con valor turístico o patrimonial. Estaba la base territorial y un sistema relativamente articulado de infraestructura, pero no aparecían los elementos que demandaran atención. Ello se explica simplemente por la falta de un ojo que pusiera de relieve los valores existentes, y por una ausencia de políticas públicas que fomentaran la adaptación de las viejas estructuras productivas, hacia un formato más versátil susceptible de ser aprehendido por personas ajenas al mundo laboral específico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano de subdivisión predial al año 2001 (Hanssen, 2002), y Plano de la ocupación de Tierra del Fuego en 2002 (Labra, 2002)

En términos generales, la evolución de los trazados de movimiento manifiesta un claro sentido de norte a sur, extendiendo la lógica en la que ha sido conformado el territorio nacional. La consolidación en el contexto fueguino, sin embargo, estaría aún pendiente, dados los avances que en la actualidad manifiesta la Senda de Penetración, cercana al extremo sur de la Isla. En una dimensión más acotada de tiempo, el despliegue se ha visto durante parte importante del siglo XX, polarizada en los dos puntos de entrada a la Isla, cuales son Porvenir y Cerro Sombrero, y un tercer polo en los márgenes orientales de Tierra del Fuego, con Río Grande en territorio argentino.

Precisamente, no deja de ser relevante el contraste que presenta el lado argentino, con la ciudad balneario de Ushuaia en la rivera del canal Beagle. Esta ciudad congrega más de xxx.xxx habitantes, y una importante población flotante vinculada al turismo. En términos de la concentración y proporción de habitantes, Ushuaia es el lado argentino, lo que Punta Arenas (116.000 habitantes, Censo 2002) sería para el lado chileno, ambas en el contexto de la Patagonia magallánica. Vale decir, que el lado chileno del territorio fueguino carece de un centro poblado de real jerarquía, al menos en los parámetros nacionales.

Tierra del Fuego representa hoy en día un territorio, o más precisamente, la superposición de varios territorios tensados, pero cuyos tensores, o más bien, el sentido de los mismos, se encuentran determinados en gran medida por intereses económicos. La actividad productiva ha permitido la ocupación secuencial de la Isla, pero al mismo tiempo, ha originado lógicas de ocupación y criterios políticos que han determinado la falta de una mayor consolidación de los habitantes en Tierra del Fuego. La Isla mantiene una condición de equilibrio precario fundado sobre condiciones dinámicas, fuertemente dependientes de mercados internacionales, y de la calidad y existencia de sus recursos propios, que tienden ya al agotamiento –petróleo–, o al desgaste de sus potenciales productivos -pradera. Los centros poblados, encarnados en Porvenir y Cerro Sombrero, y sólo en un segundo orden, Cameron, no han logrado asentar con propiedad a una cantidad de población significativa, y se vuelve necesario promover nuevas condiciones en un contexto contemporáneo de sustentabilidad económica y ambiental, para que de modo integrado el territorio fueguino logre dar un segundo salto de modernización. Sólo de este modo se podrán generar oportunidades de recolonización de la Isla.

Para ello, la serie de operaciones materiales dispuestas a lo largo del tiempo, y principalmente del siglo recién pasado, definen un capital de recursos que adquieren una connotación patrimonial. Resulta fundamental, entonces, el mecanismo a través del cual este capital se representa y articula, se exhibe y se difunde, de modo de transmitirlo como un conjunto de elementos en los cuales radica la identidad del territorio.

La ganadería constituye una construcción territorial compleja, que abarca elementos que van desde la vastedad hasta el espacio de lo doméstico, y donde la estancia asume una condición de tipo que se suma a la tradición de ocupación territorial rural de nuestro país. La producción de los hidrocarburos, por su parte, asume formas singulares igualmente, encarnadas con más fuerza en la ciudad-campamento de Cerro Sombrero, que se asimila a la otra tradición de los asentamientos de la minería del salitre, del cobre y del carbón.

El paisaje geográfico de la Isla posee atributos únicos enmarcados dentro de los confines fueguinos, que deben ser insertados en diversos circuitos de movimiento, incluso considerando la eventual relación con los ya consolidados circuitos argentinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Plano antrópico de Tiera del Fuego, situación actual (Ricardo Truffello)

 

 

Bibliografía específica

ASTABURUAGA, Ricardo: Fisiognómica, Editorial Universitaria, Santiago, 1978.
ASTABURUAGA, Ricardo: Morfología de Chile y sus Ciudades, RIL Editores, Santiago 2002.
BENAVIDES, J.; MARTINIC, M.; PIZZI, M.; VALENZUELA, M.P.: Las estancias magallánicas, Ed. Universitaria, Santiago, 1999.
CHAPMAN, Anne: Los Selk’nam, la Vida de los Onas, Emecé Editores, Buenos Aires, 1986.
COLOANE, Francisco: Cuentos Completos, Editorial Alfaguara, Santiago, 1999.
GREGOTTI, Vittorio: El territorio de la Arquitectura. Editorial Gustavo Gili, Barcelona, s/a.
GUSINDE, Martín: Expedición a Tierra del Fuego, Editorial Universitaria, Santiago, 1980.
GUSINDE, Martín: Los Indios de tierra del Fuego. Los Selknam , tomo I y tomo II. Primera edición 1982, Buenos Aires, Argentina.
HALL, Peter: Ciudades de Mañana. Historia del urbanismo en el siglo XX. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1996.
MARTINIC, Mateo: Cartografía Magallánica, 1523-1945. Punta Arenas, Impresos Vanic Ltda., 1999.
MARTINIC, Mateo: La Tierra de los Fuegos. Porvenir, Municipalidad de Porvenir, 1982.
PEREZ, Fernando y otros: Los hechos de la arquitectura. Editorial ARQ, Santiago, 1999.

Tesis e Informes de Investigación
GARCÉS, Eugenio y Equipo: Los campamentos de la minería del cobre en Chile (1905-2000). Informe Fondecyt nº 1990485, Santiago, 2001.
HECHT, Romy: Trazado y Territorio. Un estudio de los patrones fundacionales en Magallanes. Tesis Magister, FADEU PUC, Santiago, 1997.
XII REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA: Estrategia Regional de Desarrollo.

Artículos (Revistas)
CHAPMAN, Anne: Ensayo sobre algunos miitos y ritos selk’nams, adaptación del artículo original en francés, en revista Objects et Mondes, bajo el título Lune en Terre de Feu. Mythes et rites des Selk”nam, Tomo XII, 1972, pp. 145-158.
HECHT, Romy: Cartografías Arquitectónicas, artículo en Rev. CA Nº 96, Santiago, ene/feb/mar 1999; Pps 25-29.
FELSENHARDT, Cristina: Naturaleza, paisaje y paisajismo. Rev. CA Nº 106, jul-ago-sep 2001:, pp 31-33.
PRIETO, Alfredo: Los selknam: una sociedad satisfecha, Anales del Instituto de la Patagonia, vol. 15, Punta Arenas, 1984; Pps. 71-79.
Revista QUADERNS Extra Nº 1 y 2: La identitat del territori català, 1981.

Papers
Talleres de Investigación de 7º semestre de la Escuela de Arquitectura de la FADEU PUC, 1er y 2º semestre de los años;
entre los trabajos realizados se hace referencia de los siguientes:
ADVIS, Javiera: El Centro Cívico de Cerro Sombrero. Identificación, Permanencia y Efectividad, Taller: Las Formas de Ocupación del territorio en Tierra del Fuego, 2º sem. 2003.
CORNEJO, Cristián: Control en la Producción Ganadera: Estancia Vicuña como instrumento de dominio territorial, Taller: La Construcción del Territorio en Tierra del Fuego, 2º sem. 2002.
HANSSEN, Carolina: El proceso de ocupación económica ha dotado de sentido al territorio de Tierra del Fuego, Taller: Representación del Espacio Geográfico comprendido entre Estancia Yendegaia y Estancia Vicuña, en Tierra del Fuego, 1er sem. 2002.
LABRA, Eduardo: El Sentido del Territorio, Los Trazados del Movimiento en Tierra del Fuego, Taller: La Construcción del Territorio en Tierra del Fuego, 2º sem. 2002.
MATULIC, Marko: Lógica del Territorio: Representaciones de la Producción Petrolera, Taller: La Construcción del Territorio en Tierra del Fuego, 2º sem. 2002.
ORTIZ, Valeria: Cerro Sombrero. De campamento del Petróleo a Poblado Petrolero, Taller: Las Formas de Ocupación del territorio en Tierra del Fuego, 2º sem. 2003.
SEISDEDOS, Sebastián: Origen y Desarrollo del Casco Urbano de Porvenir; Tierra del Fuego. Preexistencias, Continuidades, Persistencias, Taller: Las Formas de Ocupación del territorio en Tierra del Fuego, 2º se2003.
VERGARA, Gonzalo: Los Selk’nam: Construir el Territorio, Taller: Las Formas de Ocupación del territorio en Tierra del Fuego, 2º sem. 2003.

 

  1. Ricardo Astaburuaga plantea las dos ideas como contrapuestas: “Éste (el concepto de “límite”) puede ser definido como una línea geográfica acordada por dos países colindantes, que permanece, por lo menos temporalmente, inmóvil, inerte, sujeta a un acuerdo definitivo que provoca la paz y da garantía a las relaciones entre ambos países. (..) En cambio, el concepto de Frontera (Sic) supone siempre una zona movediza, permanentemente alterada, sujeta a variaciones geográficas de toda índole,…” (Astaburuaga, Ricardo: Morfología de Chile y sus Ciudades, RIl Editores, Santiago, 2002).
  2. Romy Hecht incluye, junto con el clima y la lejanía como factores que dificultaron la ocupación de la región de Magallanes, “la aparente carencia de elementos naturales que pudieran constituirse en puntos de referencia y de reconocimiento dentro del mismo” (Hecht, 1997, 1999). El énfasis que dispone Hecht en el adjetivo “aparente” no resulta gratuito, dado que alude indirec-tamente a esta falta de competencia para leer los atributos territoriales para quien resulta ser un extranjero del lugar. Evidente-mente, el conflicto que se produce en el ojo visitante no es tanto la ausencia de piezas geográficas de mayor dimensión, sino más bien la incapacidad de aprehender un orden de proporciones geográficas más fino.
  3. Según Mateo Martinic, “la parte septentrional de Tierra del Fuego, al norte de la depresión central, señalada por el eje Bahía Inútil-Bahía San Sebastián, de denominó Chonkóiuka (Hombres de la morada del Oeste)… La otra gran parcialidad se llamó Selknam (Nosotros, los hombres)… La historia etnográfica ha simplificado la diferenciación, otorgando a ambas parcialidades el gentilicio Selknam”.  Los Selknam habrían desplazado al grupo de los Haush, hasta arrinconarlos en el extremo suoriental de la Isla (Martinic, 1982).
  4. Martin Gusinde considera la existencia de 39 distritos, que incluso llega a graficar en un plano esquemático.  Anne Chapman, en cambio, considera un número de al menos 83 distritos, 71 de los cuales serían selk’nam y 12 haush.
  5. Las reuniones que convocaban a gran número de aborígenes eran las siguientes: el Hain (ceremonia de iniciación adolescente), Kreehaten (eclipse, lua enfurecida), kawaiwin-jir (el hablar profundo de los espíritus), y el Kuashketin (reuniones de mucha gente para el intercambio de objetos) (Prieto, 1984).
  6. En 1520 acontece el primer desembarco europeo en suelo fueguino, fechado el 1º de noviembre en la Bahía Felipe. En 1558 el capitán Juan Ladrillero descubre y explora la costa suroccidental, y hacia 1578 el corsario inglés Francis Drake comprueba la separación entre la Isla Grande y el continente austral.  En 1580 el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa desembarca en la cos-ta de la bahía Gente Grande, y realiza la primera descripción de parte del territorio noroccidental.  En 1599 el marino holandés Oliverio van Noort desembarca en Cabo Orange, inmediato a la actual Punta Delgada y uno de los dos pasos actuales para acceder a la Isla desde el continente mediante transbordador. En 1616 los holandeses Shouten y Le Maire descubren el Cabo de Hornos y el paso interoceánico austral, y con ello confirman la insularidad fueguina (Martinic. 1982).
  7. En 1843 la incipiente República de Chile toma posesión de la Patagonia y la Tierra del Fuego, pero no será sino hasta 1873 y 1879 cuando se llevarán a cabo las primeras exploraciones del interior de la Isla Grande, por el francés Pertuisset y el teniente de la Armada de Chile Ramón Serrano, respectivamente (Martinic, 1982).
  8. Algunos antecedentes han sido extraídos del trabajo de investigación de Eduardo Labra (Labra, 2002).
  9. Para más detalles al respecto, ver la excelente compilación cartográfica que ha publicado Mateo Martinic (Martinic, 1999).
  10. En 1883 el Gobierno chileno entrega la primera concesión de tierras para uso pastoril, en un ámbito territorial que va desde la Bahía Gente Grande a la de Porvenir; en 1885 Werhahn y Cía. fundan la estancia Gente Grande, primer establecimiento ovejero de Tierra del Fuego. En 1889 el Gobierno de Chile entrega una segunda concesión de campos del norte de Isla Grande al empresario José Nogueira (Martinic, 1982).
  11. En 1890, en Londres, se constituye The Tierra del Fuego Sheep Farming Co. para explotar la primera concesión de José Nogueira, habiendo éste recibido en concesión 1.000.000 Há de campos fueguinos, sector comprendido entre los paralelos 53º y 54º. En 1892, también en Londres, se constituye The Philip Bay Sheep farming Co. para explotar la concesión Braun.  En 1893 se formaliza la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, iniciada por José Nogueira y continuada por su viuda, Sara Braun.  Se funda entonces la estancia “Río Pantano” o “Bahía Inútil” (después Caleta Josefina), la primera de la S.E.T.F. y la de mayor envergadura de las estancias fueguinas.  En 1901, Ramón Moisés de la Fuente recibe la concesión de campos vacantes al sur del paralelo 54º. En 1904, la Sociedad Riqueza de Magallanes adquiere los derechos de la Tierra del Fuego Sheep Farming Co., y la Sociedad Chilena de Lanas y Graserías adquiere los derechos de la Philip Bay Farming Co., para posteriormente ser ambas fundidas en una sola.  La S.E.T.F. consolida su presencia en los campos del centro-sur de la Isla mediante tratados, y mediante la fundación de la estancia Mac Clelland (luego Cameron).  En 1906 la S.E.T.F. adquiere los derechos y bienes de la Sociedad La Riqueza de Magallanes.  En 1908, Ramón Moisés de la Fuente transfiere sus derechos (sur del 54º) a la Sociedad Agrícola de Magallanes.  En 1913, la S.E.T.F. consigue la renovación del arrendamiento sobre 1.176.000 Há. La Sociedad Industrial y Agrícola de Magallanes adquiere los derechos de la Sociedad Agrícola de Magallanes sobre los terrenos al sur del 54º (Martinic, 1982).
  12. Un mayor desarrollo de esta idea se puede encontrar en el trabajo de Cristián Cornejo, que analiza las piezas que componen la estancia precisamente desde sus relaciones funcionales (Cornejo, 2002).
  13. En 1915 se inicia la explotación forestal en la costa del fiordo Almirantazgo (Aserradero Pto. Yartou). En 1818, la Sociedad Ganadera y Comercial Menéndez Behety instala aserraderos en Puerto Arturo y La Paciencia (Martinic, 1982).
  14. En 1937, el Presidente Arturo Alessandri promulga la Ley 6.152 o Ley de Tierras de Magallanes (Martinic, 1982).
  15. En 1949 la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) pone en producción el yacimiento de Manantiales (ex Springhill). El puerto de extracción utilizado ya en 1950 es el de Clarencia. En 1952 se inaugura la primera refinería en Manatiales. Entre 1958 y 1965 se lleva a cabo la construcción de Cerro Sombrero, sede de las actividades administrativas y técnicas de la ENAP en Tierra del Fuego; en 1960, la ciudad-campamento contará con una población de 703 habitantes.  En 1962 se levanta en Cullen una Planta de Tratamiento a Gas, al mismo tiempo con la población petrolera que lleva el mismo nombre.  En 1979, se levanta el yacimiento petrolífero de Ostión (Bahía Lomas), que inicia la explotación de los depósitos submarinos de la plataforma del Estrecho de Magallanes (Martinic, 1982).
  16. Para un mayor desarrollo, ver COOPER, Marcelo: GARCÉS, Eugenio y Equipo: Los campamentos de la minería del cobre en Chile (1905-2000). Informe Fondecyt nº 1990485, Santiago, 2001.
  17. Según la Ley Nº 4.109 promulgada el 29 de diciembre de 1926, el Estado es dueño de la reserva total de los yacimientos de hidrocarburos, cualquiera fuese el dominio sobre los terrenos superficiales. Este dominio sobre el subsuelo constituye una excepción en el panorama internacional (Matulic, 2002).
  18. La infraestructura propia de la distribución estaría compuesta por kilómetros de ductos por donde fluye el petróleo.  Hacia el año 1992 ENAP contabilizaba un total de 1144 km de oleoductos terrestres y 120 km de submarinos; 1943 km de gasoductos terrestres y 215 submarinos. En total, la red de ductos sumaba 3422 km de líneas extendidas por el territorio magallánico (Fuente: JOFRÉ, Eduardo: Los Forjadores de la Actividad Petrolera en Chile, nota en MATULIC, 2002).
  19. ENAP es la empresa que está a cargo de la conducción y administración de la explotación petrolera en Chile y Magallanes por Ley del Estado desde el 19 de junio de 1950, bajo el Gobierno de don Gabriel González Videla.

 

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